martes, 19 de noviembre de 2013

Poniatowska: “Una de las mayores deudas de México es con las mujeres”


La ganadora del premio Cervantes, repasa su trayectoria y la situación de su país 


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La escritora mexicana Elena Poniatowska. /  Fuente: El Pais.es



Elena Poniatowska (Ciudad de México, 1932) no le gusta que le llamen “Elenita”. Infantiliza, dice. Incluso cree que tiene un cierto tono machista. “Creo que me decían así porque me veían pequeñita”. Pequeñita de tamaño, quizá, pero la periodista, ensayista y escritora mexicana es una de las principales testigos del siglo XX mexicano. Y, en su opinión, “una de las mayores deudas de México es con las mujeres”.


Poniatowska recuerda a Frida Kahlo, la mítica pintora mexicana y esposa de Diego Rivera. “Una mujer magnética. Ahora todos hablan maravillas de ella, pero entonces se referían a ella como ‘la coja’. Decían: ‘Ahí viene Diego Rivera y su esposa la coja’. Amiga de Rosario Castellanos, de Paz, de Fuentes, de Carlos Fuentes, de Monsiváis, repasa con humor y a veces con nostalgia muchos de los momentos más importantes que le ha tocado vivir.


Dice que se hizo periodista porque le gustaba preguntar cosas. “En mi época las mujeres casi no íbamos a la universidad, y yo me dediqué a ese oficio. De andar de preguntona”. Por “andar de preguntona” conoció a su marido, el investigador Guillermo Haro. “Que me trató muy mal al inicio”, ríe. Y por preguntona coincidió con Luis Buñuel. Afirma que el director español fue una de las entrevistados que recuerda con más cariño. “Era muy amable, me llamaba ‘la niña de la leña’”.


Recuerda que el 3 de octubre de 1968, por ejemplo, fue a la plaza de Tlatelolco cuando su hijo tenía apenas unos meses de edad. 

“Era la primera vez que salía a la calle después de dar a luz”. El día después de la masacre de estudiantes, cuenta, el escenario era propio de una guerra. “Había tanques, las calles estaban solas. El panorama era desolador”.





De sus observaciones nació uno de los principales testimonios de aquel aciago día: La noche de Tlatelolco, una memoria de una de las jornadas más negras de México.

También relata la campaña de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988, la primera movilización de oposición masiva en las épocas del todopoderoso PRI. Y, años más tarde, las campañas de Andrés Manuel López Obrador, al que ha apoyado sin rechistar. Incluso guarda un cojín con la imagen del dos veces candidato a la presidencia de México, bordado en punto de cruz. “México está peor que nunca. Han llegado momentos en que he pensado que hemos cruzado un límite, pero no es así. A veces me pregunto hasta cuándo vamos a seguir aguantando”.


Pero el momento histórico que, dice, más le ha marcado en los últimos 30 años fue el terremoto de 1985. “Uno de los pocos instantes en que México fue capaz de verse a sí mismo y sobreponerse”, cuenta. De los escombros salió un sentimiento ciudadano inédito, solidario y que puso en pie a la capital del país, entonces diezmada por el seísmo. “Monsiváis tiene una memoria fantástica de aquel momento, ‘No sin nosotros”. Lo dice y suspira. “A él lo extraño mucho, mucho”. Monsiváis murió en junio de 2010.

Tiene 84 años, pero aun guarda la energía de aquella jovencita que conoció a varios de los grandes personajes de su época. Tan así que es difícil sortear sus preguntas y evitar que el entrevistador acabe de entrevistado. En su casa, en el barrio de San Miguel Chimalistac, al sur de la Ciudad de México, está haciendo reformas. Los libros están cubiertos de plástico y su perro, un enorme gran danés, y sus dos gatos (“Monsi” y “Váis” en honor de su entrañable amigo) pasean entre los libros.

Tiene nostalgia (“antes la gente paseaba, vivía con tranquilidad, caminabas por la Ciudad de México como si fuera una ciudad de provincia”), pero también esperanza. “El mexicano tiene la fortaleza de sobreponerse a todo. No nos pueden destruir. Aunque a veces nos esforcemos en ello.

Elena Poniatowska, premio Cervantes







A sus 81 años es la cuarta mujer en recibir el máximo galardón de las letras en español


La escritoria mexicana Elena Poniatowska ha ganado el premio Cervantes, el máximo galardón de las letras españolas según ha anunciado el ministro de Educación, Cultura y Deportes en conferencia de prensa.

Considerado el Nobel español y creado en 1975 por el Ministerio de Cultura, el Premio Cervantes está dotado 125.000 euros y reconoce la figura de un escritor que con el conjunto de su obra haya contribuido a enriquecer el legado literario hispano.


En los 38 años de vida que tiene el Cervantes, solo en tres ocasiones ha recaído en una mujer: las españolas María Zambrano (1988) y Ana María Matute (2010) y la cubana Dulce María Loynaz (1992).



“¿Qué es el éxito? El éxito es un ratito. Uno nunca consigue absolutamente nada en esta vida. Como decía mi madre, aquí había un cantante que se llamaba Cri-Cri que cantaba ‘allá en la fuente había un chorrito, se hacía grande, se hacía chiquito’. Así es el éxito”, contaba la escritora en una entrevista de hace un año con este periódico. A lo largo de su trayectoria, la autora recibió también el premio Alfaguara, en 2001, por su novela La piel del cielo. / Fuente: GIANLUCA BATTISTA

martes, 6 de agosto de 2013

 


AJN.- “Para nuestro pequeño país es difícil contener esta cantidad de refugiados” así se refirió el asesor jurídico del Gobierno durante una visita que realizó a los barrios del sur de Tel Aviv. Por su parte, los residentes expresaron: “Sentimos que los refugiados hacen lo que quieren porque no se aplica la ley”.
 

 
Dos días después del asesinato cometido contra una mujer en un barrio del sur de Tel Aviv, y que conmocionó a todo el país, el asesor jurídico del Gobierno, Yehuda Weinstein, se hizo presente para dialogar con los vecinos.

No obstante, durante la gira que el funcionario protagonizó por el sur de la ciudad, formuló declaraciones con respecto a la cuestión de los refugiados que allí viven. “Es muy difícil para nuestro pequeño país contener la cantidad de refugiados, y la política del gobierno es luchar contra este fenómeno”, explicó Weinstein.

Por su parte, el presidente de la Comité de los Barrios del Sur de Tel Aviv, Shlomo Maslawi, quien acompañó al funcionario durante su visita expresó: “Tememos que los infiltrados sientan que pueden hacer lo que quieren porque no hay cumplimiento de la ley, y ya no podemos aguantar más esta situación. El Gobierno los trajo, y nosotros nos dirigimos a usted- por Weinstein- para que nos ayude”.

La visita tuvo inicio en la Comisaría del Sur de Tel Aviv, allí el funcionario se reunió con residentes de ese barrio quienes le expresaron sus preocupaciones por la falta de seguridad y los casos de delincuencia. La gira continuó y muchos ciudadanos le gritaron: “Expulsen a los refugiados”.

“Me hago cargo y prometo que tomaremos cartas sobre esta situación como corresponde”, aseguró Weinstein.
 
Fuente: Agencia Judia de Noticias

sábado, 27 de julio de 2013

Netanyahu acepta liberar 104 terroristas, incluidos árabes israelíes

El primer ministro, Biniamín Netanyahu, anunció en una carta abierta su intención de liberar a 104 terroristas palestinos y árabes israelíes "con sangre en las manos" encarcelados desde antes de los Acuerdos de Oslo (1993) para favorecer lo que él dice que es el inicio de un diálogo de paz.


"Es un decisión tremendamente difícil de tomar", pero "en este momento creo que es muy importante para el Estado de Israel entrar en un proceso diplomático", argumentó en una carta abierta a los ciudadanos del país difundida por su oficina.

Netanyahu empezó a telefonear a varios ministros de su partido, el Likud, para asegurarse la aprobación de la medida hoy en la reunión del gabinete, donde la votación se prevé dividida.

La excarcelación era una de las dos pre-condiciones palestinas, junto con la aceptación de la llamadas "fronteras" previas a la Guerra de los Seis Días de 1967 como marco del diálogo, para acudir el próximo martes a Washington al encuentro preliminar de las negociaciones.
La liberación de los terroristas palestinos y árabes israelíes se efectuará "en fases" y "de acuerdo al progreso" del diálogo, explicó el primer ministro.
Según el canal 2 de la televisión, la excarcelación se efectuará en cuatro fases, la primera de las cuales tendrá lugar dentro de dos semanas, cuando concluya Ramadán, el mes sagrado para los
musulmanes.

Algunos terroristas presos no volverán a sus localidades, sino que serán enviados al exilio, agregó el canal.

En su texto, Netanyahu considera "importante que Israel entre en un proceso diplomático que dure al menos nueve meses a fin de examinar si se puede alcanzar un acuerdo con los palestinos en ese plazo".

"Es importante agotar por completo las posibilidades de acabar el conflicto con los palestinos y solidificar el estatus de Israel en la compleja realidad internacional que nos rodea", recalcó.
El jefe de Gobierno recuerda que "en ocasiones, los primeros ministros necesitan en ocasiones tomar decisiones en contra de la opinión pública, cuando el tema es importante para el Estado".

No obstante, subraya que rechazó la demanda palestina de liberar los presos antes del inicio del diálogo o de decretar una moratoria en construcción en los asentamientos judíos en Judea y Samaria (nombres bíblicos de Cisjordania).

"En los próximos nueve meses, examinaremos si los palestinos quieren realmente acabar el conflicto que nos enfrenta, como nosotros queremos", sentenció.
El presidente palestino, Mahmud Abbas, ya había augurado "buenas noticias" el domingo para las familias de los terrorista presos.

El Gobierno de Netanyahu había hablado inicialmente de excarcelar 82 presos, pero al final ha cedido a que sean los 104 que reclamaba Abbas, entre ellos una veintena de terroristas árabes con ciudadanía israelí. 
fuente . EFE y Aurora

domingo, 7 de abril de 2013

Gabo y los espiritus esquivos de la poesia





Hace treinta años, un costeño de liqui-liqui recorrió medio mundo para recibir el premio a una aventura de la imaginación, como la que vivió y escribió Antonio Pigafetta, el navegante florentino con el que Gabo inicia el discurso de su Premio Nobel en el que se identifica como un " colombiano errante y nostalgico" que no es mas que una cifra señalada por la suerte.


Y con lo que intenta explicar el nacimiento de la literara fantástatica de La América.
Sincensura se une a los festejos que hace el mundo literario con motivo de las tres decadas del Premio Nobel reconstruyendo el discurso de Gabo, el hombre que le puso poesia y magia a la realidad..


Discurso de aceptación del Premio Nobel La soledad de América Latina
(1982)




Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara.
Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen. Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los cronistas de Indias nos legaron otros incontables.
Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino.
Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.
La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial.
El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.
Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda.
 No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo.




Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala.
Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años. De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos.
La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega. Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte.
Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad. Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos.
 La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios.
 Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna.
Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes. No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos.
La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo. América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental. No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural.
¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa.
Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad. Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida.
Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina.
En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios. Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: «Me niego a admitir el fin del hombre». No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica.
Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.
Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor.
 Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.
Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado.
Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida.
La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos. En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte.
 El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía.
Muchas gracias.

lunes, 27 de agosto de 2012

SANTOS Y EL DESTINO DE JOB


Como el profeta bíblico, Santos tendrá que sortear todo tipo de pruebas para demostrar que tiene la dignidad y la fuerza para luchar por lo que esperan de él y por lo que cree.






El Presidente Juan Manuel Santos, como el Job bíblico, sufre todos los oprobios de un sector que desprestigia su gestión de gobierno en la que se destacan avances fundamentales para el país y compromisos pendientes de cumplir. Está en sus manos elegir el camino de Job, quien sabiendo enfrentar todos los embates que le impuso el envidioso Demonio con la aprobación de Dios, luego vio recuperado su prestigio.


Santos ha buscado escenarios legales para la reconciliación, como El Marco para la Paz y La Ley de Victimas y Restitución de tierras, que representan un avance desde el punto de vista de la cohesión y comprensión social para los cuatro millones de colombianos desplazados y un camino jurídico para la Paz.


Con esas herramientas, quizá el más importante logro del mandatario es poner a andar un diálogo de paz con las Farc, cuya sede y día ya salieron a la luz pública, de manera extraoficial: Noruega, el próximo cinco de octubre.


Si Santos obtuviese con las Farc una salida negociada al conflicto, mediante acuerdos firmes y duraderos, gran parte de la población colombiana lo vería con buenos ojos e incluso con muestras de agradecimiento por ponerle fin a una guerra fratricida entre colombianos que lleva más de sesenta años y cientos de miles de muertos, viudas y huérfanos.


Llegar a acuerdos de Paz es un viejo sueño, nunca realizado hasta el momento en Colombia. Lo han intentado gran parte de los Jefes de Estado en los últimos veinte años y por diversas razones ha resultado esquivo y sangriento, de odios y rencores. El Presidente Santos confirmó los acercamientos sin dar mayores detalles y sin responder los oprobios de sus contradictores que ahora le atacan por buscar salidas negociadas a uno de los conflictos más antiguos del Mundo.


El remezón en el gabinete ministerial puede ser una oportunidad para buscar aliados fuertes para la paz y, de paso, redireccionar carteras sensibles, como las de Educación, Salud, Justicia y Obras Publicas donde están los problemas más apremiantes de la casi totalidad de los colombianos de clases media y baja y las posibles razones de bajón de la popularidad del Presidente que cayó del 71% al 48%, desde julio de 2011 a hoy.


La popularidad del Presidente podría ser recuperada si liderara una verdadera reforma al Sistema de Salud legitimada por los médicos, hospitales, empresas y usuarios; una reforma para acabar con la Intermediación de las EPS que adeudan a los hospitales públicos y privados más de 7 billones de pesos. Denuncias de la Contraloría estiman en 2.2 billones de pesos los recursos que han terminado indebidamente en las arcas de las EPS y entidades como el Fosyga.


En Educación, a pesar de que ya se hubiera tratado de presentar al Congreso un proyecto de reforma educativa éste aborto. Ahora el gobierno se muestra tímido para presentarlo como producto de un consenso con el sector educativo: estudiantes, universidades, maestros y rectores; Una Ley que garantice los estudios superiores a la totalidad de los jóvenes colombianos y que regule el alto costo de las matriculas de las universidad privadas que alejan al 90% de los aspirantes, que aunque lo quisieran, no cuentan con los medios suficientes para sufragar los costos.


El Jefe de Estado también debe cumplir el compromiso de reconstruir la malla vial que quedo deteriorada luego de la desaparición de carreteras, puentes y vías veredales como consecuencia de dos años de invierno que tuvo Colombia, el período más fuerte y prolongado en los últimos 30 años.


Modernizar la infraestructura vial es urgente si se tienen en cuenta la serie de TLCs firmados con países de Europa, de Asia -como Corea del Sur-, con México, Chile, Perú, con Estados Unidos y Canadá. El libre comercio sin vías, sin trenes, sin puertos modernos para trasportar lo producido condenaría a Colombia a ser invadida comercialmente por el resto del mundo por ineficiencia y baja comercialización.


A Santos se le reconoce el funcionamiento de la Economía que crece por encima del 4% dentro de signos de recesión en países de la Comunidad Económica Europea como España, Grecia, Italia, Irlanda y crecimientos lentos como en Estados Unidos donde se prevé, para 2012, un crecimiento económico no superior al 3%.


También se ha presentado un cambio sustancial en la política internacional de Colombia, en especial con Venezuela, cuyo comercio binacional creció en 2012 un 30%, manteniendo la misma tendencia de crecimiento que tuvo en 2011, según reporta la Cámara de Integración Económica Venezolano Colombiana.


Y la promesa de Gobierno de cien mil viviendas gratuitas para familias pobres de Colombia merece atención si en verdad llegaran a construirse.


Inversión social con acuerdos firmes de Paz podria resultar una receta infalible para el Progreso del país y para Santos una prueba que debe superar con la paciencia, el temple, aguante y buen juicio del Santo Job. Y al igual que Job puede salir triunfante y ser compensado viendo multiplicado su prestigio y alargados sus días.


Si por el contrario no logra interpretar el sentir nacional, sus contradictores jugarán con las diatribas descalificadoras que retrasan el camino de la historia para entrar en confrontaciones inútiles que mas daño hacen al país que a sus propios actores.
Tw:

@indiravegap

jueves, 31 de mayo de 2012

Réplica a la columna de Héctor Abad

Publicado en El Espectador http://www.is.gd/pvosz1 vía @elespectador



Muchos podríamos escribir de García Márquez, de Saramago e incluso de Héctor Abad lo que rechazamos de ellos como individuos.
Yo diría, por ejemplo, que cuando conocí a Saramago me pareció muy adusto, un poco áspero y algo receloso de la desbordada admiración que profesan los lectores a Gabo. Pensé que la bella e inteligente Pilar del Río, su esposa y traductora en español, suavizaba al hombre rígido que escondía a sensible escritor.



Podría decir que Gabo pudo haberme hablado en Guadalajara cuando lo tuve frente a mí, mirando mis ojos de periodista inquieta, de colombiana orgullosa y de lectora deslumbrada que no ocultaba su emoción de poder ver tan cerca los ojos y las manos del hijo del telegrafista de Aracataca que se hizo universal por la genialidad de su relato y la cadencia de su prosa.




“Gabo, dime unas palabras para Caracol Radio”, le dije un par de veces mientras él sostenía mi mirada como escudriñando a la mujer que tenía enfrente y quizá valorando su vieja decisión de no dar entrevistas. “Describe el momento, inventa la historia”, me dijo un poco pícaro, un poco en serio. Luego retomó su camino hacia la tarima donde lo esperaban Carlos Fuentes y otros grandes que ya estaban de pie, al igual que el auditorio atiborrado con más de dos mil personas que aplaudían al también colombiano Álvaro Mutis, que era homenajeado en esa Feria del Libro de Guadalajara.


Podría decir que Héctor Abad, a quien también conocí en aquella Feria, me pareció un paisa medio rolo, sensible a medias, un hombre de apariencia cercana pero de trato distante, meramente formal. Recuerdo que le ofrecí mi computador al verlo desubicado en el salón de prensa. Lo atendí con la admiración y el respeto que me inspiran los escritores de letras sensibles pero él fue incapaz de entregarse al momento. Su mera formalidad en el trato la confirmé meses después cuando lo entrevistaba por su éxito literario El Olvido que seremos. Luego de esos encuentros sin matices, y aunque valoro las bondades de sus escritos, me desapasioné por completo de sus lecturas.


Sin embargo las sombras humanas que vi en Saramago, en el mismo Gabo e inclusive en Fuentes no fueron suficientes para distanciarme de sus piezas literarias. A Fuentes lo conocí en México y luego en Cartagena. En efecto, era un hombre recio, riguroso, un poco infranqueable que se conducía con la seguridad de quien se sabe célebre. Pero ¿qué hay de malo en ello si esa celebridad es merecida? 

Fuentes y Gabo se ganaron el derecho a ser como se les dé la gana porque fueron gestores de la transformación que sufrió la literatura hispanoamericana, porque convirtieron relatos locales en piezas totalizantes y universales que le dieron identidad y nombre a América, tal como lo dijo el propio Fuentes.

 Tiene razón Abad al decir que el escritor Fuentes maduro no escribía igual de genial al de La región más transparente, Aura o La muerte de Artemio Cruz. Pero ¿acaso el García Márquez de Cien Años de Soledad es el mismo de Noticia de un Secuestro? O el de Memoria de mis putas tristes? Seguro que no.


El mismo Gabo ha reconocido que la escritura se le hizo más difícil con los años, quizá porque perdió la espontaneidad que da el anonimato o porque dejó de escribir por el simple placer de simpatizar a sus amigos. ¿Debe ser eso motivo de cuestionamientos? ¿No basta acaso con que hubiera creado la delirante historia de los Buendía para dejar ver el tope de su grandeza? No necesitaba seguir demostrándolo. Cada obra posterior es una muestra adicional de la genialidad ya indiscutible.

A Saramago basta leerle El Evangelio según Jesucristo o Caín para ser indulgente con el ser adusto que cubrió al escritor heterodoxo, disconforme, iconoclasta y místico si se quiere. Qué importancia tienen las sombras humanas de un narrador que fue capaz de mostrar de otra forma los tiempos históricos y bíblicos cuestionando los credos más sagrados de la religión judía e incluso del cristianismo.
En esos magistrales libros Saramago viaja al pasado y como un dios griego de la literatura antigua crea la historia de un Jesucristo hecho humano, expuesto a la tentación y a la ambición, un hombre que pudo amar física, mental y sexualmente a una mujer como Maria Magdalena, a la que amó en cuerpo y alma y que no era ni prostituta ni santa, solamente una mujer de carne y hueso que le amó con autentico y arrebatado amor.

El Jesús reinventado por Saramago, en vez de ser concebido en el vientre de una virgen por el Espíritu Santo, es producto de la simiente de José derramada en el sagrado interior de la casta María…”Habiendo pues salido del patio, Dios no pudo oír el sonido agónico, como un estertor, que salió o de la boca del varón en el instante de la crisis, y menos aun el levísimo gemido que la mujer no fue capaz de reprimir”.

Y en Caín Saramago es fustigador pero totalizante re escribiendo la historia de un Caín humano, tan culpable como somos todos, incluso el Dios que lo creo.

Tanto Saramago como Gabo y Fuentes se ganaron con sus narraciones  un pedestal en el olimpo de los escritores. Pero como si eso fuera poco, Fuentes rompió los esquemas, dejo de ser libro y se hizo  presente, vivo, actual y ciudadano pensante.

Se atrevió a hablar de sociedad y actualidad y cuestionó sin tapujos a los políticos que resultaron inferiores a los requerimientos de su México descuadernado y violento. Fuentes aprovechó su prestigio inicial como escritor para darles luces a sus lectores pensantes, votantes, que reconocieron en él al líder desprovisto de intereses políticos. Suficiente con echar una mirada en las redes sociales para confirmar que los mexicanos se sienten huérfanos con la partida no sólo del escritor sino también del líder.

Tuvo otra virtud que reconocen todos, incluso Abad, aunque someramente: su interés por que los nuevos escritores encontraran cauces, hallaran casas editoriales que reprodujeran sus obras en su sueño ideal de un planeta habitado sólo por escritores y lectores. 

Abad, con argumentos reales en parte y fútiles a veces, no le hace justicia al Fuentes celebridad, al personaje público que desafió las molestias propias de sus ochenta y tantos años y tomó vuelos largos y tediosos para atravesar continentes y exponer su pensamiento sociopolítico literario en auditorios sedientos de ideas nobles. No le luce a un buen escritor como Abad, ya no principiante pero tampoco universal, medir con una vara tan dura a un narrador que, si bien no fue en su madurez el mismo de los años mozos, sí fue capaz de congregar la fidelidad de sus lectores y de quitarse su corona para abrirles camino a sus herederos literarios. Aca columna de Abad Que digan que estoy dormido http://www.is.gd/wOtjIs vía @elespectador

Que me disculpe Abad pero Gabo, Fuentes, Cortázar, Borges, Neruda, Rulfo, Vargas Llosa, Mutis y muchos grandes hispanoamericanos que hicieron bien la tarea, se ganaron el derecho a ser vanidosos o no, a vestirse como gentleman o urbano, a simpatizar con la izquierda como Gabo o Saramago, o con la derecha, como Borges o Vargas LLosa, a inspirarse en Negrete, como Fuentes, o en el genial Pessoa, como lo soñó Saramago.

Que me disculpe Abad pero me resulta un poco insolente su apreciación de que el célebre Fuentes hace parte de lo que Vargas Llosa llama la banalización de la cultura. Afirmar eso sería banalizar a un hombre culto.

@indiravegap El Espectador http://www.is.gd/pvosz1 vía @elespectador
  

lunes, 21 de mayo de 2012

CARLOS FUENTES Y GABO: DOS VECES BUENO

                                            




Carlos Fuentes, dos veces bueno
Por Gabriel garcía Márquez




Mi amistad con Carlos Fuentes –que es antigua, cordial, y además muy divertida— se inició en el instante en que nos conocimos, por allá por los calores de agosto de 1961. Nos presentó Álvaro Mutis en aquel Castillo de Drácula de las calles de Córdoba, donde toda una generación de escritores, tratando de hacer un cine nuevo, precipitábamos a Manuel Barbachano Ponce en la primera y más gloriosa de tantas ruinas.
Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, García Márquez
Escritores del boom Latinoamericano

Yo había llegado a México dos meses antes, con la cabeza llena de novelas y películas que no encontraban por dónde salir, y había leído La región más transparente, poco después de su publicación. Esto era apenas natural, porque esa novela había tenido una divulgación muy amplia en América Latina, y por todas partes se hablaba de ella –con toda justicia— como de un acontecimiento literario.

 




Lo sorprendente para mí fue que Carlos Fuentes no tuvo que escarbar en la memoria para saber quién era yo, y me dijo de entrada que había leído las dos únicas novelas que yo había escrito hasta entonces.
Pensé, por supuesto, que se trataba de esa formula de cortesía que nos salva de tantos naufragios sociales, sobretodo entre escritores, pues mi primera novela se había publicado seis años antes en Bogotá en una edición perdularia que no alcanzó a llegar hasta la esquina, y el texto integral de la segunda, todavía sin corregir, se había publicado el año anterior en la revista Mito, que era tan excelente como escasa.

El hecho de que Carlos Fuentes, las hubiera leído de veras, como pude comprobarlo de inmediato, me exaltó de vanidad. Sin embargo no pasó mucho tiempo para que se me bajaran los humos, pues muy pronto me di cuenta que la curiosidad literaria no reconoce tiempos ni fronteras, y que ya desde entonces era imposible sorprenderlo con una novedad de las letras. Esta curiosidad de centraba de un modo especial en las obras primeras de los escritores primíparos como lo éramos él y yo en aquellos tiempos de gracia.

Pasados 25 años nos han ocurrido tantas cosas raras, estando juntos en tantos lugares diversos, que si alguna vez escribiéramos nuestras memorias respectivas, los lectores se van a encontrar con páginas intercambiables. En ambos libros estará sin duda el capítulo más deprimente de nuestras carreras, hace muchos años, cuando un director de cine nos hacía deshacer todos los días el trabajo del día anterior, para rehacerlo otra vez al día siguiente, sólo porque él necesitaba retrasar el comienzo de la película para atender otro compromiso previo. Esa pesadilla de Penélopes literarios no sólo consolidó para siempre mi admiración y mi afecto por Carlos Fuentes, sino que había de inspirarme más tarde el viaje solitario del coronel Aureliano Buendía, que hacía y deshacía sus pescaditos de oro.

Otro recuerdo pragmático entonces, pero muy divertido en la memoria, es el de una tarde de Praga en el año funesto de 1968, cuando Milan Kundera decidió que el único sitio sin micrófonos ocultos en toda la ciudad era un establecimiento público de sauna.

Sentados en una banca de pino fragante, a 120 grados centígrado, los dos en pelotas y sin el menor sentido del ridículo, escuchamos de Milan Kundera un informe sobrecogedor de la situación trágica de su país. 


No obstante, lo más trágico para Fuentes y para mi ocurrió al final, cuando nos dimos cuenta que no había duchas de agua fría y debíamos romper la capa de hielo del río Moldava en pleno mes de diciembre, y sumergirnos en sus aguas glaciales.

Lo hicimos, sin pensar lo que hacíamos, y en el instante de la inmersión tremenda tuve la certidumbre lúcida y atroz de que Carlos Fuentes y yo nos habíamos muerto juntos en aquel instante, tan lejos de las calles de Córdoba, y de un modo absurdo que nadie iba a entender jamás, ni siquiera porque había ocurrido en la patria de Kafka.

Sin embargo, no son estos relámpagos de vida lo que me interesa ahora evocar, sino que quiero celebrar la virtud que más admiro en Carlos Fuentes y que es tal vez la que menos se le conoce: su espíritu de cuerpo. No creo que haya un escritor más pendiente de los que vienen detrás de él, ni ninguno que sea tan generoso con ellos. Lo he visto librar batallas de guerra con los editores para que publiquen el libro de un joven que lleva años con su manuscrito inédito bajo el brazo, como lo tuvimos todos en nuestros primeros tiempos.

Julio Cortázar, agobiado por la cantidad de originales inéditos que los jóvenes le mandaban, dijo poco antes de morir: Es una lástima que quienes me mandan manuscritos para leer no puedan mandarme también el tiempo para leerlos.

Julio Cortázar, Carlos Fuentes
Pues bien, a pesar de sus numerosos trabajos y de su intensa vida pública, Carlos Fuentes lee los que le mandan a él, y además tiene tiempo para alentar y ayudar a sus autores desamparados. Lo que pasa, en realidad, es que él parece entender muy bien la noción católica de la Comunión de los Santos: en cada uno de nuestros actos –por triviales que sean y por insignificantes— cada uno de nosotros es responsable por la humanidad entera.
Ésa es la metafísica de la infinita curiosidad literaria de Carlos Fuentes. Al contrario de tantos escritores que desearían ser los únicos en el mundo, el quisiera celebrar todos los días la fiesta de que cada día seamos más y más jóvenes los escritores del mundo. Tengo la impresión de que él sueña con un planeta ideal habitado en su totalidad por escritores, y sólo por ellos. A veces he tratado de aguarle el entusiasmo diciéndole que ese lugar ya existe: es el infierno. Pero no lo cree, no siquiera en broma (como yo se lo digo desde luego), porque su fe en el destino mesiánico de las letras no reconoce límites. Ni admite broma, por supuesto. Un escritor así, siendo tan buen escritor, es dos veces bueno.

                                      Para Darle nombre a América 
Por CARLOS FUENTES

(…) Yo había editado en los años cincuenta una Revista Mexicana de Literatura que se correspondía, en Bogotá, con la mítica revista Mito, dirigida por Jorge Gaitán Durán.




Entre Mutis y Gaitán, me fue dado ir publicando los cuentos de García Márquez, cada uno más maravilloso que el anterior, porque cada uno contenía al anterior y anunciaba al siguiente: «Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo» y «Un día después del sábado» conducían a El coronel no tiene quien le escriba y a La mala hora, pero también prolongaban, como el eco del mar dentro de un caracol, los inquietantes pórticos de pasados relatos de Gabo.

«La tercera resignación», «Eva está dentro de su gato», «Tubal-Caín forja una estrella», «Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles» y «Ojos de perro azul»..., títulos que eran nombres, nombres que eran bautizos, nombres de misterio y amor que se pronosticaban a sí mismos como arte y artificio, naturaleza y natividad, profecía y advertencia, recuerdo y olvido, vigilia y sueño.

Todo ello me impulsaba, con un movimiento del corazón, a conocer al autor que nombró esos cuentos, al artífice que los soñó: aquí estaba, en Córdoba 48, tal y como años más tarde lo describiría, en sus memorias, el presidente François Mitterrand, como «un hombre parecido a su obra: sólido, sonriente, silencioso..., dueño de un desierto de silencio como solo las selvas tropicales pueden crear».

(…) Lo conocí en 1962 en Córdoba 48 y nuestra amistad nació allí mismo, con la instantaneidad de lo eterno.

Gabo culminaba en México un joven periplo que lo había llevado de Aracataca a Barranquilla, de Sucre a Zipaquirá, y luego de Bogotá a Roma, Londres y París, en mosaicas tabletas de información escritas en El Universal, luego en El Heraldo, finalmente en El Espectador, que lo sorprende en el exilio europeo dejando atrás, pero teniendo presentes siempre, las tensiones colombianas que se renuevan —porque no se inician— el 9 de abril de 1949 con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y culminan con la clausura de El Espectador por Gustavo Rojas Pinilla en 1955, determinando una errancia que, al cabo, nos trae al Gabo, en un autobús Greyhound, con Mercedes y Rodrigo y Gonzalo en espera, a la ciudad de México, la más vieja ciudad viva del hemisferio occidental, la urbe azteca, virreinal, barroca, caótica, antiquísima, modernísima, la ciudad de roja piedra tezontle y afrancesadas mansardas esperando la improbable nevada tropical y edificios de cristal despedazado que no quieren durar más de cincuenta años.

México, D. F., donde la familia de García Márquez tendría, de allí en adelante, su principal residencia para honor y alegría de México y los mexicanos.

(…) Gabriel debía viajar dos veces al año para renovar su permiso de residencia (…) Recuerdo estos viajes porque en uno de ellos Gabriel García Márquez se transformó. Lo miré y me asusté. ¿Qué había ocurrido? ¿Nos habíamos estrellado contra un implacable autobús de la línea México-Chilpancingo-Acapulco? ¿Nos habíamos derrumbado por los precipicios del Cañón del Zopilote? ¿Por qué irradiaba una beatitud improbable el rostro de Gabo? ¿Por qué le iluminaba la cabeza un halo propio de un santo? ¿Era culpa de los tacos de cachete y nenepil que comimos en una fonda de Tres Marías?

Nada de esto: sin saberlo, yo había asistido al nacimiento de Cien años de soledad —ese instante de gracia, de iluminación, de acceso espiritual, en que todas las cosas del mundo se ordenan espiritual e intelectualmente y nos ordenan: «Aquí estoy. Así soy. Ahora escríbeme».
(…) a Francia llegó en 1957 Gabriel García Márquez, encerrado en un hotel de la Rue Cujas cuyo único adorno era un retrato de Mercedes y el único lujo tres paquetes azules de cigarrillos Gauloises. En el Boulevard Saint-Germain se cruzó Gabo con Ernest Hemingway y le gritó de acera a acera: «Adiós, maestro» —como hoy le gritan, adonde quiera que va, a Gabriel García Márquez. Y aunque Hemingway dijo que los buenos norteamericanos van a París a morir, García Márquez hubiese dicho que los buenos latinoamericanos van a París a escribir.

Yo regresé a Europa en 1966 y me instalé en un palazzo veneciano para ver qué se sentía al ser Henry James, aunque sin esperanzas de emularlo. Fue una temporada de intenso intercambio epistolar con los amigos, en aquella época anterior —muy anterior— al fax, al e-mail. Gracias a ello, conservo un maravilloso correo con Gabo en los momentos de la redacción de Cien años de soledad.

Yo sabía que él dejó sus empleos, le pidió a Mercedes que llenara el refrigerador, echó candado a su casa y se sentó a escribir un proyecto —me dijo— que le tomó madurar diecisiete años y redactar catorce meses. Angustias y alegrías: «jamás he trabajado en soledad comparable —me dice—, no siento más punto de referencia que, quizás, Rabelais, sufro como un condenado poniendo a raya la retórica, buscando tanto las leyes como los límites de lo arbitrario, sorprendiendo a la poesía cuando la poesía se distrae, peleándome con las palabras. A veces —me escribe Gabriel— me asalta el pánico de no haber dicho nada a lo largo de quinientas páginas; a veces, quisiera seguir escribiendo el libro el resto de mi vida, en cien volúmenes, para no tener más vida que esta...». «Para no tener más vida que esta».

Carlos Fuentes, Julio Cortázar
Gabo me envió a Italia el manuscrito de Cien años de soledad. Entusiasmado, lo busqué desde Venecia para felicitarlo. No lo encontré. Entonces le escribí a nuestro grande y común amigo Julio Cortázar, quien pasaba el verano en su ranchito de Saignon, una aldea al sur de Francia sin teléfonos ni telégrafos, un cartero en bicicleta tan incierto como el cómico Jacques Tati y un extraño servicio francés llamado «el pequeño azul» al cual acudí para decirle lo siguiente al gran cronopio, al argentino que se hizo querer de todos.


«Querido Julio:

Te escribo impulsado por la necesidad imperiosa de compartir un entusiasmo. Acabo de leer Cien años de soledad: una crónica exaltante y triste, una prosa sin desmayo, una imaginación liberadora. Me siento nuevo después de leer este libro, como si les hubiese dado la mano a todos mis amigos. He leído el Quijote americano, un Quijote capturado entre las montañas y la selva, privado de llanuras, un Quijote enclaustrado que por eso debe inventar al mundo a partir de cuatro paredes derrumbadas. ¡Qué maravillosa recreación del universo inventado y re-inventado! ¡Qué prodigiosa imagen cervantina de la existencia convertida en discurso literario, en pasaje continuo e imperceptible de lo real a lo divino y a lo imaginario!».

Y añado: «Pero en algún rincón debe haber un Aureliano con su cruz de cenizas en la frente que venga a protestar contra la crónica del biznieto del coronel Gerineldo Márquez, corrija los inevitables errores y proponga una nueva lectura, radical e inédita, de los pergaminos de Melquíades. Un día, querido Julio, me hablaste de la novela como mutación. Eso es Cien años de soledad: una generación y una re-generación infinita de las figuras que nos propone el autor, mago iniciático de un exorcismo sin fin.

Y qué sentimiento de que cada gran novela latinoamericana nos libera un poco, nos permite delimitar en la exaltación nuestro propio territorio, profundizar la creación de la lengua con la conciencia fraternal de que otros escritores en castellano están completando tu propia visión, dialogando contigo». Dialogando con nosotros.
Fragmentos del discurso de Carlos Fuentes, “Para darle nombre a América”, pronunciado en la inauguración del IV Congreso Internacional de la lengua Española, en Cartagena de Indias. 26 de marzo de 2007.